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La Existencia Biorregional

Visión de una presencia armónica sobre la faz de la tierra

En muchas tradiciones nativas hallamos con frecuencia la expresión “Madre Tierra”, habitual entre los pueblos que los europeos “encontraron” en las tierras del continente que bautizaron América, o entre los aborígenes de África y Australia. Y si bien es cierto que, desde los parámetros tecnológicos actuales, numerosas tribus de la selva amazónica viven aún en la Edad de Piedra, poseen varias características muy significativas. Saben espontáneamente que la flora “está viva”. No se refieren a la fauna circundante (que suele convertirse en su alimento) como “animales”, sino que los consideran como sus parientes. Y les enseñan a sus niños que “deben pisar el suelo levemente”, dejando la menor marca posible de su paso.

Los pueblos iroqueses de Norteamérica constituyeron a finales del siglo XVI una poderosa confederación denominada La gran paz. Se dedicaban primordialmente a la agricultura. Los regía un Gran Consejo democrático donde los senecas y mohawks formaban la cámara alta, y los cayugas y oneidas, la cámara baja. Otra etnia, los onondagas, aportaba el presidente e intervenía como mediador en toda desavenencia. La votación se efectuaba por naciones. La descendencia seguía la guía materna y las mujeres, que nombraban a los jefes, contaban con voto en el Consejo. La paulatina inserción regional de los colonos europeos (franceses, holandeses e ingleses) y la provisión de armas de fuego a otras naciones (hurones y delawares ) desbarató la vocación pacífica de gran parte de las tribus.

Antes de sus asambleas, los iroqueses hacían una invocación donde se comprometían a considerar el impacto de sus decisiones en las siete generaciones siguientes. Siempre había un representante que se refería específicamente a las necesidades, la supervivencia y la dignidad de quienes nacerían hasta 150 años después. Así, el formato de la asamblea definía un nexo a largo plazo entre gobierno y ecología. Los derechos de las generaciones futuras nunca fueron un tema debatible, pues constituían el contexto mismo de la política. Su cultura se creaba a partir de un concepto de preservación intemporal.

Varios sociólogos aseveran que cuando se hizo necesario crear el modelo para gobernar a los Estados Unidos, la nueva nación independiente surgida en 1776 tras la derrota de las fuerzas colonizadoras británicas, el patriota Thomas Jefferson se inspiró -parcialmente- en la fórmula iroquesa de democracia representativa. Pero los derechos civiles de la séptima generación quedaron fuera de la flamante constitución nacional. Ello habría significado la evaluación del impacto sobre las generaciones futuras de la quema de combustibles fósiles extraídos del petróleo y el consiguiente calentamiento global, o del problema de los residuos radiactivos (letales durante siglos) de las centrales atómicas. Y hoy no posibilitaría de modo tan irresponsable el auge de otras aventuras tecnocientíficas potencialmente lamentables.

Es justamente en el país de los iroqueses donde desde hace algo más de dos décadas viene gestándose una corriente de pensamiento y de acción ceñida al arte de rehabitar la tierra, como si entre la maraña de autopistas, torres de alta tensión y metrópolis que forman el paisaje “civilizado” estadounidense, estuviesen todavía activos aquellos sabios pacíficos empecinados en proteger el hábitat de la séptima generación. Se lo identifica como Movimiento Biorregional de América del Norte, zona geográfica que antes de la llegada de Cristóbal Colón al continente recibía el nombre de Isla de la Tortuga, por parte de las tribus originarias del mismo.

Todo comenzó en mayo de 1984, en una finca de la pradera del estado de Missouri, donde doscientos hombres y mujeres de distintos lugares del país -veteranos de la llamada “cultura alternativa”- se reunieron durante cinco días para intercambiar experiencias y reflexionar sobre caminos posibles para una existencia armónica sobre la faz de la Tierra. Hubo talleres temáticos, conferencias personales, mesas redondas, audiovisuales y diálogos espontáneos donde todos fueron advirtiendo que sus vidas y sus visiones confluían y se potenciaban bajo un denominador común. Entre ellos había plantadores de árboles provenientes de Oregón, expertos en suelos de Minnesota, granjeros de Ozark, videoexpertos de Nueva Jersey, comuneros de Columbia Británica y activistas antinucleares de Vermont. Hoy aquel cónclave es evocado como el primer Congreso Biorregional continental y nacimiento de un movimiento que en la actualidad involucra a participantes de Canadá, México y varios países de Europa.

El biorregionalismo surgía fiel a los principios de descentralismo, autonomía y diversidad que había motivado anteriormente a la mayoría de los movimientos juveniles de los años ’60. Un par de semanas después, Kirkpatrick Sale -uno de los más lúcidos intérpretes de los movimientos ecotransformadores contemporáneos- comentaría que el movimiento biorregional procura recrear un sentir ampliamente compartido de identidad regional, fundado en una conciencia crítica renovada y un respeto por la integridad de nuestras comunidades ecológicas naturales. “Tal vez no parezca demasiado. Pero cuando tenemos a doscientas personas haciendo conexiones entre sí y compartiendo ideas bajo un mismo estandarte, una filosofía tan abstracta como ésa puede cobrar vida por su cuenta. Lo que ellos y yo conversamos era que tal filosofía le brindaba a la gente una nueva manera de apreciar sus vidas, de tocar a otros, de involucrar a amigos y vecinos en la suprema tarea de rescatar a las comunidades de la tierra, y también a las nuestras”.

Hoy puede decirse que la perspectiva biorregional posee una densa e intensa tradición propia en la que se distinguen pensadores inspirados como Peter Berg, Raymond Dassman, David Haenke, Gary Snyder, Jerry Mander, Wendell Berry, John y Nancy Todd, y muchos más.

Etimológicamente, bio es el término griego que se refiere a las formas de vida (como en “biología” o “biografía”), en tanto regio es la palabra latina cuyo significado es “territorio que debe regirse”. Unidas quieren significar terreno vital, un lugar definido por sus formas de vida, su topografía y su biota (conjunto de plantas y animales que viven en un territorio), y no por los dictámenes de los seres humanos. O sea: una región gobernada por la Naturaleza, no por la legislatura. Kirkpatrick Sale comenta al respecto: “Si al principio este concepto nos resulta extraño, ello representa apenas la medida de lo mucho que nos hemos alejado de la sabiduría que representa, y de lo mucho que necesitamos tal sabiduría”.

Una biorregión es sencillamente una sección de la tierra con características unificantes de flora, fauna, suelo, agua y sus conexiones -ya sea una cuenca hídrica o una cadena montañosa- y el biorregionalismo es una filosofía según la cual tales regiones determinadas por las leyes naturales y no por edictos burocráticos deben ser entendidas, salvaguardadas, desarrolladas y respetadas. Por consiguiente, sus promotores afirman:

El biorregionalismo reconoce, nutre, sustenta y celebra nuestras conexiones locales con el suelo, las plantas y los animales, los ríos, los lagos y océanos, el aire, las familias, los amigos y vecinos, la comunidad, las tradiciones nativas, y los sistemas locales de producción y comercio.

Es tomarnos el tiempo necesario para aprenden las posibilidades del lugar donde vivimos.

Es una mentalidad despierta al entorno local, su historia y las aspiraciones de la comunidad a fin de ir hacia un futuro de vida segura y sustentable.

Es depender de un bien entendido y ampliamente ejercido modo de acceder a las fuentes de alimentos, de la energía y al modo de manejar los residuos.

El movimiento biorregional trata de recrear un sentimiento ampliamente compartido de identidad regional, fundado en una renovada conciencia crítica del respeto por la integridad de nuestras comunidades ecológicas naturales.

Las gigantescas ciudades modernas, extendidas a la medida del automóvil, no constituyen espacios habitables . En ellas, la mayoría de la gente “estaciona” para trabajar, dormir, consumir y entretenerse (mientras otros mendigan, delinquen o dan vueltas sobre sí mismos aturdiéndose para escapar de la insensatez o la injusticia de las cosas). Los individuos no llegan a convertirse -de modo específico- en “ciudadanos” porque no alcanzan a discernir su genuina identidad y poder, porque en la práctica no deciden nada real, no se enraízan existencial y culturalmente. Por lo tanto, no habitan sino que “pueblan” de modo amorfo un ambiente desnaturalizado y quedan a merced de burócratas administrativos, políticos clientelistas y comerciantes insaciables.

Habitar es constituir una “morada” cargada de significados y de contenidos entrelazados con una historia personal y colectiva, en sintonía con un futuro común. En cambio, poblar es insertarse masiva y parasitariamente sobre una superficie que se esteriliza a fuerza de asfalto, cemento, metal, plástico y neumáticos. Consiste apenas en tener un domicilio legal, electoral e impositivo.

Rehabitar significa reimplantarse de manera creativa, sencilla, solidaria y responsablemente en el contexto donde se vive, recomponer lazos de pertenencia y establecer relaciones simbióticas con el entorno que nos sustenta, nutre y estimula, para que nos desarrollemos humanamente y así evolucionemos. El ocupante de espacios en las gigantescas metrópolis no es un habitante ni un morador sino un implante estático (rígido), un “absorbedor” insaciable de nutrientes del ámbito rural y un emisor mecánico de toxinas perturbadoras.

Inequívocamente, habitar es asentarse cooperativa y armónicamente en un espacio que es oikos (morada o hábitat). Casa, departamento, ómnibus, centro comercial (shopping center), local de comidas rápidas, bar, confitería, televisión, estación de servicio, banco y supermercado son referencias operativas ajustadas a un “estilo de vida” servil, estéril. En monumentales conglomerados “dormitorio” donde la vida se reduce a cumplir funciones carentes de pasión, invención y compasión. Para quien no acompaña el ritmo, existen otros receptáculos correctivos o contenedores: el hospital, la cárcel, el neuropsiquiátrico, el geriátrico, el reformatorio. Y como institución modeladora por excelencia, la escuela pública.

En la metrópolis, todos dependen de cinco “insumos” vitales, desentendiéndose de su origen (y del eventual impacto ambiental causado por su producción). Cuatro de ellos deben pagarse, mientras que el quinto es gratuito:

– Electricidad (proveniente de usinas térmicas, atómicas o grandes represas). 
– Gas natural.
– Agua potable.
– Alimentos.
– Luz natural
(solar).

Asimismo, en mayor o menor medida, todos emiten cinco “productos” de mayor o menor incidencia en el mundo social y natural:

– Sólidos: basura domiciliaria.
– Líquidos: efluentes cloacales.
– Gaseosos: monóxido de carbono (caños de escape) y otros gases tóxicos por combustión de derivados del petróleo; humo de cigarrillo. Por acción de la luz solar (especialmente durante los veranos) se produce una reacción química con gases de hidrocarburos, formándose smog fotoquímico (ozono de superficie, un gas venenoso).
– Térmicos: provenientes de motores (autos, motos, ómnibus, colectivos, camiones) y maquinarias (entre éstas, los acondicionadores de aire).
– Sónicos: ruidos, bocinas, sirenas.

El pionero biorregionalista Peter Berg no pierde oportunidad de sostener que si no tratamos de transformar nuestras ciudades, estaremos practicando una especie de suicidio de nuestra especie. Pide siempre a sus oyentes o lectores que piensen: ¿de dónde proviene el agua que beben? Un típico sujeto de Nueva York puede contestarle: “¡De la canilla, estúpido!”. Insiste: ¿De dónde viene la electricidad? “¡Del interruptor en la pared!”. ¿Y la comida? “Todo el mundo sabe que viene del supermercado!”. ¿Y qué pasa con la basura? “Estuve pensando sobre eso. La basura se va. Hay un universo paralelo llamado allá afuera.” ¿Y el contenido del inodoro? “Este es el milagro real de la civilización. Desaparece. ¡Por completo!” -Berg acota que éste es el tipo de punto de vista suicida sobre los recursos básicos que son esenciales para nuestras vidas-.

A diferencia de otros movimientos políticos “verdes”, el biorregionalismo no apunta a la toma del poder gubernamental ni a una vasta remodelación de la maquinaria nacional. Su espíritu es predominantemente local y su área de atención es primordialmente regional. Su objetivo es construir poder en la base de la comunidad, no en arrebatárselo a quienes se encuentran en las cúpulas. Y en particular, poner en acción la energía humana y ambiental, poderes larga y sistemáticamente omitidos, allí donde la gente vive en torno de las cuestiones que habitualmente enfrenta. Kirkpatrick Sale lo resumió así: “El simple hecho de nuestra existencia (y persistencia) brinda considerable esperanza frente a la ecocatástrofe que se avecina”.

MG

Por Miguel Grinberg
Escritor, periodista, instructor de meditación tibetana, Premio Global 500 PNUMA (Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente). Sus libros más recientes son “Desarrollo Intuitivo” y “Celebración de la Vida Intensa”. Acaba de publicar “Somos la gente que estábamos esperando”. (Ed. Kier).

Fuente: revista El Vegetariano

 

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