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Un Vegano en Valencia

Puerta fotificada de serranos, Valecia, España

Puerta fotificada de serranos, Valecia, España

Para la mayoría de los veganos recientes satisfacer los requerimientos alimenticios día a día constituye un digno desafío, pero con el tiempo generalmente descubren que en realidad la cosa es mucho más sencilla de lo que uno se imaginaba.
No obstante incluso para aquellos veganos con más expericiencias hay ciertas actividades rutinarias que siguen siendo objeto de preocupación: asistir a reuniones con amigos, comer en un restaurante, o por qué no viajar.
Hoy precisamente abordaremos este último aspecto, qué tipo de dificultades puede encontrar un vegano al viajar, aprovechando que por razones de estudio debí trasladarme a una nueva ciudad, a Valencia, la capital de la Comunidad Valenciana, una de las tantas que conforman al Estado Español.
El programa de cooperación que me permitió venir a esta ciudad se aplica a toda latinoamérica, indistintamente de la especialidad que uno siga, existiendo dos tipos de becas una para profesores y otra para alumnos de los últimos años o recién graduados.
El compromiso asumido por la universidad destino es cubrir los gastos de alojamiento y manutención, quedando cubrir el costo del traslado aéreo a cargo del becario o de la universidad de origen.
En este sentido sería un pena que algún estudiante deje de conocer un nuevo país, una nueva cultura por el solo hecho de que ha optado por respetar los derechos de sus hermanos no humanos.

En primer lugar en relación a la ciudad en sí misma es sin duda impresionante, llena de estrechas callecitas que conforman un laberinto cuyo origen se remonta a tiempos inmemoriables.
Como toda ciudad milenaria fue fundada a la vera de un río, en este caso el río Turia.
Si consideramos otras ciudades antiguas, todas ellas son atravezadas por uno o más ríos (por ejemplo Londres-Támesis, Paris-Sena, Praga-Moldava, y en este caso Valencia-Turia).
Lo que hace muy peculiar a esta ciudad es que sus habitantes un buen día decidieron mover al río hacia las afueras de la ciudad… así como lo leen, una buena mañana cansados de las periódicas inundaciones producto de sus crecidas decidieron sacarlo de la ciudad y cavaron un nuevo cauce hasta el mar, bloqueando el antiguo con un murallón de piedras y arena.
El cauce antiguo, actualmente seco, se ha trandformado en una expléndida zona parquizada que atraviesa el centro mismo de la ciudad.
Los magníficos puentes que otrora permitian cruzar el río se han transformado en llamativas decoraciones de los nuevos paseos y plazas.

Otra característica para nosotros llamativa de esta ciudad es que aquí combatió Rodrigo Diaz de Vivar, más conocido como el Cid Campeador, de quien todos seguramente habrán escuchado hablar alguna vez.
El Cid tuvo a su cargo allá por el siglo XII la reconquista de la ciudad, la cual había permanecido bajo dominación morisca por cientos de años.
La estatua ecuestre del Cid (la cual ocupa un prominente lugar justamente en la avenida Reino de Valencia) refleja una de las particularidades de este caudillo: no usaba armadura, sólo vestía una pechera de vivos colores, posiblemente con la intención de que su tropa le puediera ver en el fragor de la batalla, para mantener alta la moral.
Cabe acotar que esta reconquista no duró mucho tiempo ya que cuando el Cid falleció un nuevo califa aprovechó la oportunidad para retomar ciudad un tiempo después.
La reconquista definitiva se llevo a cabo en el siglo XIII y vino de la mano de un rey bastante famoso, Jaime I el Conquistador, quien por razones obvias también ocupa un lugar especial en el corazón de los valencianos.
Con el objeto de desterrar la fuerte influencia musulmana la mayor parte de las iglesias antiguas (todas ellas bellísimas obras de arte) fueron erigidas sobre las ruinas de profanadas mezquitas más antiguas aun.
Se destaca la catedral, cuyo estilo arquitectónico no resulta evidente a primera vista.
En principio parece barroca, pero el interior es claramente gótico. Después de indagar al respecto parece que por aquí no se ha respetado mucho el estilo original de los edificios, y que cada tanto aparecía algún arquitecto que rehacía la fachada de estos patrimonios de la humanidad de acuerdo a la moda del momento.

Una de las atracciones más lindas son dos de las puertas fortificadas que formaban parte de la muralla principal de la ciudad.
Como los moros habían logrado retornar una vez, se temía que pudieran hacerlo de nuevo.
De esta muralla sólo quedan estas puertas fortificadas, pues el resto fue siendo reusado a medida que la ciudad crecía.
Un dato curioso es que las puertas son asimétricas, cuentan con infinidad de almenas y parapetos defensivos en la cara externa, pero en contraste en la cara interna, aquella que dá a la ciudad, carece de posiciones defensivas.
La idea (brillante por cierto) era que si el enemigo lograba capturar la puerta no usara ese punto fortificado en contra de los propios ciudadanos.
Por caso todavía se puede apreciar desde donde se arrojaba el aceite hirviendo… muy espeluznante (pero no tanto como otras prácticas barbáricas que todavía conservamos).

Finalmente el aspecto el cual todos estaban esperando: qué tan dificil resulta estando lejos de casa el evitar aquellos productos derivados de la explotación animal.
El mecanismo por aquí es que a todos los becarios nos entregan unos vales para almorzar y cenar en el comerdor universitario.
Bueno, que puedo decir, la tan mentada «dieta mediterránea» en realidad deja bastante que desear.
Para comenzar, hay una fijación con las frituras muy arraigada.
Por caso el arroz no se come hervido, se come frito; las verduras no son hervidas ni al horno, son salteadas en aceite, etc.
Para colmo de males, también hay una gran pasión por los «frutos de mar» (dicho sea de paso, que utilización más inapropiada de la palabra fruto, como si árbol alguno muriera para entregar sus frutos).
Hay que estar atento, a veces la misma ensala valenciana (muy buena, lleva lechuga, tomate, zanahoria y otras verduras) tiene camarones, atún u otros pobres pescaditos.
Confieso que los primeros días pasé un poco de hambre, victima del mito que encontrar fuentes alternativas de nutrientes iba a ser muy complicado.
Es cierto que a pesar de la existencia de alternativas en el menú diario, muchas veces todas éstas eran en mayor o menor medida ofensivas para con nuestros hermanos no humanos.
Con el pasar de los días (y el afortunado descubrimiento de un par de supermercados a tiro de piedra) empecé a agarrarle la mano al asunto.
Por ejemplo conseguí una granola de origen alemán de una calidad increíble (que contiene diversas semillas en lugar de los usuales copos de maiz o de arroz).
La granola se adecúa muy bien para tapar los baches protéicos que pueda generar la dieta «mediterránea» (o mejor dicho, lo que no resulte inmoral tomar de ésta).

Ahora bien, para hacer honor a la verdad no todas son malas noticias, tengo que admitir que aparte de las prácticas dietéticas cuestionadas más arriba, aquí tienen una especial afección por las frutas secas y las consumen bajo las más diversas formas.
Se puede encontrar góndolas repletas de sabores y texturas para nosotros desconocidos.
Primero me acerqué al tradicional girasol (¡al fin una fuente confiable de proteínas!), que viene en un tamaño que en Argentina actualmente no se consigue más (si bien valga la ironía las semillas son importadas precisamente de allí).
Luego empezó la experimentación: un día opté por unos granos de maiz, que de más está decir tenían que ser fritos, que resultaron muy sabroso y saciadores (recordemos que nuestra polenta no es más que harina de maiz), ideales para esas largas caminatas recorriendo el centro histórico de la ciudad.
En otra ocasión probé las «habas fritas», una especie de poroto pallar, blanco y de gran tamaño, de un sabor muy agradable.
Más tarde «pipas de zapallo», semillas de zapallo horneadas con una cubierta de harina de arroz, otro manjar; luego le tocó el turno a los «garbanzos horneados», un tentenpié de rápida preparación y único sabor.
Hay para todos los gustos: anacardos (lo que nosotros conocemos como castañas de cajú), nueces macadamas, pistachos, además de los frutos secos más tradicionales como maní, nueces, avellanas, almendras, etc.

¿Cuál sería la conclusión más importante de todo esto? ¡Qué se puede! ¡Qué no es tan difícil! Cuando la comida resulte corta en carbohidratos complejos se puede apelar a unas tostaditas integrales cubiertas de algún dulce, de fácil almacenamiento en cualquier cuarto de hotel pues no requieren frío.
Cuando en contraste la comida carezca de proteínas se puede optar por la granola o los frutos secos, y así sucesivamente.
Claro, en relación a las vitaminas y los minerales un vegano no suele tener inconvenientes, ni siquiera fuera de casa, pues la fruta fresca y las ensaladas de vegetales crudos son aliados infaltables en nuestra alimentación (si bien estoy aprendiendo a revisar los ingredientes de hasta las cosas más evidentes, a fin de no llevarme desagradables sorpresas).
Naturalmente la estrategia aquí delineada no puede ser mantenida por tiempo indefinido, sirve a los efectos de poder viajar por uno o dos meses sin sentirnos tan atados a nuestra añorada cocina casera.

 

Lic. Alejandro Stankevicius
Articulo publicado en El Vegetariano N° 10 – invierno 2003
Unión Vegetariana Argentina
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